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	<title>Relato &#8211; Martha R. Belmont</title>
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	<title>Relato &#8211; Martha R. Belmont</title>
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		<title>Anaïs, la chica frente al espejo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 23 May 2023 12:19:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>—No toques las cosas que no son de tocar.</p>
<cite>Anaïs</cite></blockquote>



<p>La chica al otro lado del espejo observaba el manto de estrellas que cubría el cabello azul de Anaïs. La luz de la vela se reflejaba en el ahumado gris de sus ojos, resaltando el brillo de todas las lágrimas que había derramado desde que la luz cayó del cielo. Habían llegado hasta el final del camino. Habían recorrido aquellos túneles buscando la entrada a otro reino, y al fin habían encontrado la respuesta a su esperanza.</p>



<p>Hacía tan sólo unos minutos, Anaïs se encontraba ante su <em>Chicosombra</em>, con la cara apoyada contra el cañón del arma con la que parecía decidido a acabar con su vida. Había aceptado que ese fuese su final, a manos de él, por orden de su propia hermana. Y confiaba en que aquello, al menos, sirviese para darle tiempo a los demás y que pudiesen llegar hasta la puerta. Cerró los ojos cogiendo aire con fuerza, luchando contra la presión que le oprimía el pecho y las ganas de gritar que la invadían, e hizo la pregunta que le atormentaba desde que Hope le arrebató, por venganza, a lo que más amaba.</p>



<p>—¿Eres feliz? —El silencio respondió a su pregunta. Apretó de nuevo los ojos con fuerza, tratando de expulsar las lágrimas que le impedían verle entre la oscuridad—. No olvides darle de comer a los gatos. —Sonrió dejándole ver el tatuaje al que se aferraba cada noche para no olvidarle. <em>«Luz. Calma. Lo siento. Esperanza. No te abandonaré. Te quiero. Chicosombra.»</em></p>


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<figure class="aligncenter size-full is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="422" height="503" src="https://rosanera.es/wp-content/uploads/2023/05/Tatuaje-antebrazo-gato.png" alt="Tatuaje de Anaïs" class="wp-image-3034" style="width:315px;height:375px" title="Anaïs, la chica frente al espejo 1" srcset="https://rosanera.es/wp-content/uploads/2023/05/Tatuaje-antebrazo-gato.png 422w, https://rosanera.es/wp-content/uploads/2023/05/Tatuaje-antebrazo-gato-300x358.png 300w, https://rosanera.es/wp-content/uploads/2023/05/Tatuaje-antebrazo-gato-252x300.png 252w" sizes="(max-width: 422px) 100vw, 422px" /></figure>
</div>


<p>Anaïs llevaba preparándose para aquel momento desde que salió de la aguja. Sabía que, tarde o temprano, sus caminos volverían a cruzarse y que, probablemente, él iría a matarla. Hacía días que se había rendido ante la idea de luchar, y estaba dispuesta a sentarse a esperar a que llegase el final, a que su mundo se reiniciase, con la esperanza de que él volviese a susurrarle aquel “lo siento” entre la multitud del 7Sins. Unas horas desde que Limbo volvió a romperla en mil pedazos, golpeándole en la cara con la realidad: su desidia amedrentaba a quienes compartían su suerte. Unas horas desde que Jessie trató de convencerla de que era mejor morir de pie que hacerlo de rodillas, y de que si no podía pasar el fin del mundo junto a quien amaba, al menos debería hacerlo junto a quienes la necesitaban. Unas horas desde que volvió a sentirse tan solo otra de las herramientas de la Quimera, usada por el León para llegar a la comunidad mágica, y por Aradia para aferrarse a la vida mientras suplicaba a los espíritus que les ayudasen. Y tan solo unas horas desde que había vuelto a fallar, siendo incapaz de hacer lo único que creía que se le daba bien, dejando morir a Jenízare a manos de aquel traidor. Aunque también unas horas desde que el León le dio las gracias por haberle ayudado a ser mejor, desde que Luca le dijo que veía en ella cómo, a pesar de todo, le había dado esperanza a muchos, y tan sólo unos minutos desde que Hikari le había implorado que aguantase hasta el final porque debía ser ella quien abriese la puerta.</p>



<p>Pero el tiempo se detuvo de nuevo, y cuando él apartó su arma, ella se fundió con su pecho en un abrazo en el que creyó perder el aliento. Y, para cuando se quiso dar cuenta, había vuelto a tocar las cosas que no eran de tocar, había roto la cuarta dimensión, y la chica al otro lado del espejo se estaba despidiendo de ella dándole las gracias.</p>



<p>—<em>Ángeles de la Guarda de la Quimera, cuidad bien de cada uno de estos locos para que puedan ser lo que siempre quisieron ser.</em></p>



<p>El despertador de Anaïs sonó, como cada mañana, a las 7:45h. Al abrir los ojos, vio cómo la claridad que entraba por el enorme ventanal inundaba la habitación. Se puso la sudadera que había tirado la noche anterior sobre la silla que tenía junto a la cama y se dirigió a la cocina. Antes de fregar la taza se remangó, dejando al descubierto el tatuaje de su antebrazo, y encendió la máquina de café.</p>



<p>El tintineo de la cucharilla golpeaba rítmicamente las paredes de la taza mientras removía el azúcar pensativa, repasando uno a uno los puntos que tenía anotados en la lista de tareas que tenía en la cabeza. Aunque su hermana la animó a hacerse cirujana cuando entraron en la universidad, había algo en su vida que no terminaba de hacerle sentir completa, por lo que, cuando un par de semanas antes, en plena cena con sus seres queridos, la vieja amiga de sus padres le ofreció cambiar de rumbo, no le costó demasiado aceptar su proposición y dejar el hospital en el que trabajaba.</p>



<p>Al bajar del coche, Anaïs alzó la vista ante el hermoso edificio en el que se encontraba el orfanato. Al otro lado del jardín, la anciana paseaba del brazo con un muchacho que le resultó familiar, y con la sensación de que ya le conocía, se acercó a ellos.</p>



<p>—Qué alegría de que hayas llegado, niña, ven, te presento a mi hijo. Adán, esta es Anaïs, la chica de la que te he hablado, estoy segura de que haréis muy buena pareja —añadió la anciana guiñándole un ojo a la muchacha.</p>



<p>—Lo siento —se disculpó el joven ruborizado, con una dulce sonrisa que le iluminaba la cara—, no hagas caso a mi madre…</p>



<p></p>



<p></p>



<p>Extracto de la saga «La Orden del Khaos». Fragmento de <strong><a href="https://rosanera.es/tag/proyectocaos/">#ProyectoCaos</a></strong>.</p>



<p></p>
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		<title>Anaïs, la caperucita roja que se comió al lobo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 19 Mar 2022 16:18:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[#ProyectoCaos]]></category>
		<category><![CDATA[Fantasía urbana]]></category>
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<p>–¡¡Soy real!! –La voz desgarradora de Hope aún resonaba en el interior de Anaïs. Le habían parecido tan reales las lágrimas en los ojos de su hermana que aún se preguntaba si se había equivocado al tomar su decisión… Pero algo no encajaba, cómo podía haber aparecido allí, tras aquella puerta, justo ante sus ojos… después de tanto tiempo… No tenía sentido y rompía su lógica…</p>



<p>–No, no puedes ser real… ¡estás muerta! Él lo dijo… no apareces en el sistema… no existes… No puedes estar aquí… –murmuraba Anaïs a cada paso que daba hacia atrás –Tú no eres real, él sí…</p>



<p>–¡¡¡Pero soy real!! ¡¡Coge mi mano, ven conmigo!! –Hope lloraba desconsolada sin comprender por qué su hermana prefería refugiarse entre las sombras en vez de volver con ella, y su esperanza se fue desvaneciendo lentamente en la oscuridad.</p>



<p>–Anaïs, respóndeme –La voz de Grey la devolvió a la realidad. Habían pasado semanas desde que llegaron a aquella casa en la que se encontraban a salvo, semanas desde que vio a su hermana aparecer al otro lado de una puerta que debía estar abarrotada de drones preparados para disparar a matar.</p>



<p>–Perdona, ¿qué? –respondió la chica clavando en él sus ojos grises.</p>



<p>–¿Qué por qué ahora vas de rojo? ¿Ya no eres la chica azul?</p>



<p>–Oh, eso… Bueno, no sé… ya no me siento azul… sino más bien rojo… es complejo pero, ¿acaso importa?</p>



<p>–No, no, por supuesto que no… Cada cual puede vestir como quiera… Pero dime, ¿es por el chico ese? La verdad es que no entiendo qué ves en él…</p>



<p>–Veo luz… –respondió pausada. Se sentía extrañamente tranquila, y el mundo parecía diferente desde que él detuvo sus pasos.</p>



<p>–Pero… es Sombra… –dudó Grey.</p>



<p>–Pero tiene luz en la sonrisa –respondió con una leve mueca que se podría interpretar como un amago de sonrisa, y perdiendo la mirada en el silencio de aquella sala continuó –, y un brillo especial en la mirada… Él es calidez y dulzura… Es apego… es un abrazo olvidado… de los que te reconfortan… de los que te dejan grabada su impronta, y aunque no recuerdes el momento, sabes que estuvo ahí.</p>



<p>–Bueno, tú sabrás, niña.</p>



<p>–Todos los que están en esta casa son algo… Quizás por eso estén unidos bajo el manto de la quimera… El León es brillo y fiereza, pero también es honor y decisión, es el ímpetu, la soberbia, el aquí y el ahora. Es rabia… Como Hikari, pero ella también es pasión, sutileza, es emoción, y en parte, dolor. Como lo es también Samael, aunque él sea ira, confusión, abandono… y ello le empuje a ser conocimiento, aprendizaje, errores… y miedo… como Limbo, que es también humanidad, desconcierto, duda… Quizás por eso sea también renacer y esperanza… Aunque probablemente eso sólo sea porque Hope le cambió por dentro…</p>



<p>–¿Hope?</p>



<p>–No importa… ya no es nadie… No podía ser real… y ya es tarde…</p>



<p>–Ey, Anaïs –Arkady la sacó de su recuerdo –¿Ya te ha contado el <em>tontico</em> que está jugando con tu <em>chicosombra</em>? –Clic. Los ojos de Anaïs parecieron encenderse y regresar a la sala una vez más.</p>



<p>–Eh, eh, yo no juego… Sólo le he dicho que haga un experimento… Por su bien… es para que… –Poco a poco la realidad de Anaïs volvió a ir despacio, a traspié, ¿por qué el <em>tontito</em> no iba al grano? ¿Por qué se evadía? ¿Por qué alargaba tanto sus respuestas? ¿Por qué evitaba decir las cosas claras? Clic. En la cabeza de la chica de rojo resonaban los engranajes del cubo que no debió tocar. Clic. –Sólo le he dicho que pruebe a concentrarse en hacer que los demás recuerden… bueno, u olviden lo que… –<em>No, no, no, no, pero ¿y si le olvidan? ¿Y si no funciona? ¿Y si se da cuenta de que no le recuerdan? ¿Y si vuelve a creer que no es real? ¿Y si él vuelve a querer que le olviden? ¿Y si trata de hacer que yo le olvide? ¿Y si me abandona? No, no, es mala idea…</em></p>



<p>–Debo hacerlo, alguien debe hacerlo –El <em>chicosombra</em> sabía que debía ser él quien fuese, quien se sacrificase por darle una oportunidad a aquel loco.</p>



<p>–¿Y por qué tú? No, no irás… no irás sin mí.</p>



<p>–No puedes venir, es peligroso, ¿y si te pasase algo?</p>



<p>–¿Y si te pasase a ti? ¿Para esto he renunciado a todo? ¿Para perderte así?</p>



<p>–De acuerdo, ven. No te abandonaré… Te quiero… –<em>Te quiero</em>… Aquellas dos palabras resonaban como un eco en la cabeza de Anaïs mientras se alejaba de él una vez más, mientras él tomaba su camino entre las sombras, y ella volvía a preguntarse<em> ¿qué es real?</em></p>
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		<title>Hilos del destino. Borrachos en un bar</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 31 Mar 2016 15:49:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[#ProyectoTiempo]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Como otras tantas noches, Jonás contempló su copa sobre la barra, rodeados de borrachos en un bar. Ya se había acostumbrado a que Lidia nunca apareciese. Se había cansado de esperarla. Había asumido que aquel “te veo mañana” tan sólo había sido otra de tantas mentiras, y eso le cabreaba. Al mover la mano torpemente...</p>
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<p>Como otras tantas noches, Jonás contempló su copa sobre la barra, rodeados de borrachos en un bar. Ya se había acostumbrado a que Lidia nunca apareciese. Se había cansado de esperarla. Había asumido que aquel “te veo mañana” tan sólo había sido otra de tantas mentiras, y eso le cabreaba. Al mover la mano torpemente, derramó parte de su copa, bebió lo que quedaba en ella, se levantó y se marchó, tal vez a casa, donde Sara, su mujer le esperaba todas las noches, convencida de que su marido llegaba tarde del trabajo.</p>



<p>Ana miraba impaciente hacia la puerta, esperaba al chico del que se había enamorado la noche anterior nada más conocerlo. Dos frases habían llamado su atención, y al mirar tras el chico que se encontraba entre ambos, se había encontrado con aquellos ojos verdes que sabía pertenecían al amor de su vida. Los nervios la devoraban por dentro.</p>



<p>Andrés tuvo que esquivar a un hombre que se levantó tambaleante de la barra mientras sacudía su mano con desprecio. Saludó a Ana con una sonrisa tímida. No estaba seguro de si ella se alegraría de verle, ni si estaría igual de nerviosa que él. Detuvo su paso, mejor se pediría antes una cerveza. Llamó al camarero, así tendrían tiempo de llegar el resto de sus amigos, que se habían quedado en la puerta fumando.</p>



<p>Víctor llevaba ocho horas sirviéndole copas a los borrachos que frecuentaban su bar, y encima el último le había puesto la barra perdida. Sabía que los clientes querían que les pusiese otra copa, pero su jornada ya había terminado, y no pensaba servir ni una más.</p>



<p>Rosa llegaba tarde, como siempre, y sabía que Víctor se cabrearía por hacerle esperar. Al llegar a la puerta del bar se cruzó con una pelea en la puerta, un par de borrachos con cualquier excusa para darse unos golpes. El portero ni trató de detenerlos, tan sólo los empujó lejos de la puerta y la dejó pasar.</p>



<p>Carlos se había quedado rezagado con las últimas caladas de un cigarrillo, pero sus ganas por entrar y volver a verla le hicieron tirar la mitad al suelo, le recordaban tanto a Lidia… Era como volver a tenerla ante sus ojos, aunque sabía que eso ya no sería posible, ya que había muerto hacía unos meses por culpa de un conductor borracho que se dio a la fuga. Miró cómo pisaba la colilla y al levantar la vista para proseguir su camino, un impacto en la cara lo descolocó. Antes de poder reaccionar sintió cómo lo empujaban contra el suelo, cayendo de espaldas. El cuerpo del otro cayó sobre él mientras le golpeaba torpemente. </p>



<p>Víctor salió de la barra al ver entrar a Rosa, su mirada lo dijo todo, siempre llegaba tarde, y hoy él tenía prisa, había quedado con la vecina de su hermana, una chica de unos treinta años a la que su marido le era infiel y se había cansado de sentirse estúpida. </p>



<p>Ana vio al amigo de su ¿”cita”? Se preguntó si la gente seguiría llamándolo así, y si para él lo sería. Pero el tiempo pasaba y ella comenzaba a inquietarse, ¿y si no acudía? </p>



<p>Sara se impacientaba. Había ido a recoger a Víctor al salir de la oficina, y ya habían pasado diez minutos desde que él debería haber salido. Se preguntaba si tal vez le hubiese dado plantón, o si se habría equivocado. Tal vez había salido antes y se habían cruzado, o si simplemente él la había visto y la había esquivado. Por un momento pensó que había sido un error ir. Y se volvió a sentir estúpida. </p>



<p>Cuando Rosa le puso la cerveza a Andrés, éste continuó su camino hasta Ana. Al verla se puso nervioso y su primer pensamiento cuando le preguntó por Carlos fue decirle que no había venido, que había quedado con una amiga. Pero de sus labios sólo salió un murmullo que debió sonar a un “no sé, se ha quedado fuera”. </p>



<p>Dos agentes de policía salieron de un coche que pasaba por la zona antes de que Carlos pudiese incorporarse. Notó como uno de ellos lo levantaba con violencia mientras le gritaba que le diese la documentación. </p>



<p>Sara había salido de su coche, y mientras se fumaba un cigarrillo, nerviosa, le sorprendió Víctor. No le había visto llegar, y el susto la descolocó. Él se metió en el coche esperando a que ella entrase. Cuando se montó, él, con una sonrisa, le indicó qué dirección debían tomar para ir a su casa. </p>



<p>Ana salió del bar, esperando ver a Carlos, pero lo único que encontró fue un bullicio de gente, y un coche de policía que se marchaba con las luces puestas. Pensó que tal vez se lo había pensado mejor y se había marchado.</p>



<p></p>



<p>Puedes leer más relatos en <a href="https://rosanera.es/category/blog/narrativa/">Narrativa</a>.</p>
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		<title>La casa encantada</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 29 Mar 2013 15:21:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A las 20:30 llegó Carmen, puntual. Traía las llaves que nos abrirían aquel tosco candado. Estábamos inquietos, no era la primera vez que yo visitaba aquel mágico lugar, sin embargo, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align:justify;">A las 20:30 llegó Carmen, puntual. Traía las llaves que nos abrirían aquel tosco candado. Estábamos inquietos, no era la primera vez que yo visitaba aquel mágico lugar, sin embargo, nunca había ido de «excursión» con más gente. Lo que antes había sido un lujoso salón ahora se encontraba derruido, lleno de polvo, telarañas y trastos inútiles amontonados en el suelo. La sala no había perdido su luminosidad a pesar de la cantidad de basura que albergaba. Era un buen lugar para comenzar el «juego».Que no todos conociéramos las reglas nos daba desventaja, pero Carmen prometió que pronto las descubriríamos. Nos comentó que era similar a «Psiquiatría». Tras acordar reunirnos de nuevo en esa sala al final del juego, comenzamos a dispersarnos por la casa.</p>
<p>A medida q fue avanzando la noche, el número de jugadores en las plantas superiores fue disminuyendo. Aparentemente tan sólo teníamos que recorrer la casa, hablar entre nosotros, y sobrevivir. No comprendí cómo se perdía hasta q llegó Juan. Venía raro, no estaba como siempre. Rodeó mi cintura y entonces lo comprendí. Me acababa de infectar. Comencé a sentir un calor intenso en el vientre q me recorrió el cuerpo en cuestión de segundos. Me sentí ligera, mareada, confusa, a penas con fuerzas para mantenerme en pie. Lo cierto es que en ese momento le odié. Había confiado en él y me había traicionado. Él sí conocía el juego, confié en él y me traicionó. Como pude me aparté de él encolerizada. No pareció entender mis gritos, no pareció sentirse culpable sino más bien confuso, no parecía comprender mi enfado. Disgustada comencé a bajar las escaleras a trompicones mientras le inquiría que se alejase de mi. Todo daba vueltas a mi alrededor y la barandilla parecía q iba a ceder de un momento a otro, lo único que me resultaba firme era la pared contra la q apoyaba la espalda. Como pude conseguí llegar al último peldaño y quedarme sentada en él. No pude continuar hasta el salón principal. Cada vez me encontraba más mareada y a pesar de haber luz en la habitación, apenas era capaz de diferenciar las sombras q se acercaban a mí. Era incapaz de entender sus palabras. Algo rozó mi cara, no pude ver qué era, aunque juraría que se trataba de una pluma verde, frondosa y suave. Las manchas borrosas se iban fundiendo con la habitación y las palabras se convirtieron en murmullo. Finalmente me quedé dormida.</p>
<p>Una mano cálida en el hombro me despertó. Pude ver su rostro, era Carmen. Me encontraba bien, todo parecía haber sido un mal sueño. Busqué a Juan para disculparme, no debí decirle aquellas palabras, a fin de cuentas, tan sólo era un juego. Sin embargo, no se encontraba en la habitación, y no era el único. Allí faltaba mucha gente, tan sólo estábamos los que no sabíamos jugar. Nos preguntábamos dónde estarían los demás. Carmen nos pidió silencio.</p>
<p>-Como todos sabéis, nos hemos reunido en una casa encantada. Vuestras percepciones han sido alterada, por lo que aunque sólo sois doce personas, cuando os abrí la puerta estabais convencidos de ser más del doble. En esta casa se encontraban quince almas atrapadas que un día fueron como vosotros, y ahora los habéis liberado a casi todos. Cada uno de los que estáis aquí habéis sido tocados por un alma q os ha «traspasado» su maldición -. El rostro de Carmen se mostró sereno mientas sus oyentes se inquietaban -. No podréis salir de aquí hasta que le «cedáis» vuestra condena al siguiente -. Carmen contempló pasiva como los jóvenes se inquietaban, algunos dirigiéndose hacia la puerta y quemándose tras tocarla -. No os molestéis, no podréis salir de aquí, y no os recomiendo de tratéis de abrir esa puerta&#8230; Como os iba diciendo, para poder ser liberados tendréis ganaos la confianza de los nuevos mortales cuando lleguen, pues es necesario que confíen en vosotros para poder liberaros&#8230;</p>
</div>
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		<title>El encargo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 Feb 2013 10:56:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[
<div class="MsoBodyTextIndent" style="text-align:justify;">El tic tac del reloj era lo único que se oía en aquella oficina. Pedro lo miraba con impaciencia esperando que diesen las dos menos cinco, hora a la que habitualmente se marchaba. “<span style="font-family:Symbol;">&#8211;</span>Ya queda menos, pronto estaré tirado en mi nuevo sillón… -¿Y dónde lo pondrás Pedro? -Podría dejarlo en el salón… O mejor ponerlo en el despacho… -¿Le molestará a Sole que lo deje en el salón? -Sí, seguro que le molesta… Cuando llegó ayer no dejaba de maldecirme y de protestar porque no tenemos espacio.-Pedro, tú no le tienes que aguantar sus manías, por algo que te haga feliz tampoco tiene derecho a quejarse -¿A ver para qué quiere tres gatos? ¿No tiene bastante con los dos hijos que le di? Porque mira las pocas ganas que tenía yo de tener críos -Y ahí que cumpliste, como un campeón, dos niños, y ya los tienes casi colocados <span style="font-family:Symbol;">¾</span>Vamos, se quejará Sole, sólo me ha faltado parirlos, y con la que me dio en el parto, casi como si lo hubiese hecho yo mismo. -En el despacho creo que va a ocupar demasiado espacio, aunque como no te deja fumar en el salón, sólo en el despacho… -Sí, lo voy a poner en el despacho, así podré fumar tranquilo, y seguro que hasta la tengo contenta. -Además, como lo pongas en el salón, Pedrito, después tendrás que aguantar a tu suegra, que seguro que le gusta y con la excusa de que tiene malas las piernas, seguro que se apodera de él <span style="font-family:Symbol;">¾</span>Y eso no, me niego, después de los 1340 euros que me ha costado como para que encima se lo tenga que ceder. ¡Me niego!”. Pedro estaba ensimismado en sus pensamientos, intercalando los gestos de calma con los de indignación y enfado, cuando el tintineo de la puerta de la sucursal le indicó que alguien había entrado.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">­–No me lo creo –susurró Pedro mientras cerraba los ojos con resignación.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Disculpe, ya hemos cerrado –La voz de Ana se oía desde la sala contigua.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–En la puerta dise que sierran a lah do y todavía no son lah do, ají que me tendrá que atendé, ¿no? Amo, digo yo.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–¿Qué es lo que desea, caballero?</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Me quiero pillá un amoto y mi primo madicho cah quí me puen da lah pelah que me fartan, aunque le via a se sincero señorita, a mi loh bancoh no me hasen ninguna grasia porque soih to una panda ladroneh, ¡pero aro! Er Cabesa me pillo ayé la mía pa’ irse con la Jeny, y con la caraja sa’ comío er muro de la casa der Vesino. Bueno señorita, ¿me va dá loh 1000€ que me fartan o no? Porque ya puehto, me viá pillá una to flama. Emverdá yo m’iba pilla una de ehta queh tan solah en la calle, pero mi mama dise que no me meta en fregaoh, que todavía tengo una condena pendiente y no va a ir a llevarme pahteleh a la carse, ¡es que mi mama hase unoh pahteleh quehtán de muerte!</div>



<div class="MsoBodyTextIndent" style="text-align:justify;">Al oír las palabras del recién llegado cliente, Pedro salió de su despacho para invitarle a volver al día siguiente, temía que aquello se alargase y estaba deseando volver a su casa para disfrutar de su sillón nuevo. Había imaginado el tipo de persona que sería sólo con oír su voz por lo que al ver a aquel chico vestido con un chándal blanco y una gorra con la visera levantada, no se llevó ninguna sorpresa.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–¿En qué podemos ayudarle caballero?</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Po’cabesa, ¿no ta’nterao de que lo queh quiero eh money? ¿Cash? ¿Qué oh tengo que hablá a lo internasioná o qué?</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Claro caballero, pero para poder ofrecerle un préstamo necesitamos su nómina, DNI y tres avales, y en función de estos datos podremos ofrecerle lo que mejor le convenga. –Pedro sabía perfectamente que aquel individuo no podría presentar lo necesario para concederle un préstamo, y aunque así fuera, dudaba que el banco se arriesgase a dárselo.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–¿Qué ise cabesa de nómina ni niñoh muertoh? ¡Yo no tengo de eso! –Cada palabra que decía era acompañada con un gesto de desdén, sacando pecho y después adelantando la cabeza mientras se mordía el labio inferior.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Entonces, caballero, dudo que podamos concederle un crédito, tal vez debería plantearse que viniese algún familiar suyo con una nómina para pedirlo.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–¿Quién ha hablao de crédito? ¿Yo lo que quiero es que me den los 2000€ ahora, que he quedao con el Jonny dentro de veinte minutos para comprarle la Yoj de su’rmano.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Pero caballero, ¿no nos acaba de decir que venía a por un préstamo de 1000 euros para comprarse una moto en una tienda para que su madre no tuviese que visitarle en la cárcel?</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–¿Quéhtahablandokillo? ¿Qué mierda ehesa de un crédito panda estafadoreh? Yo lo que quieo eh que me deis los 3000 pavos –Su actitud, cada vez más agresiva, iba acompañada de violentos aspavientos.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Disculpe caballero, pero me temo que no va a ser posible sin una nómina… –Pedro trababa de parecer sereno ante la actitud de aquel joven que no aparentaba más de 20 años. Dudaba entre echar al desconocido de la oficina o hacerle señas a Ana para que pulsase la alarma.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–¡Yamejartao! Que ya mestá dando to’ lo que tenga en la caja señorita, que yostoymuloco, eh! –Mientras hablaba sacó una navaja del bolsillo de su chándal para amenazar a Ana. –¡Que mire que como no me lo de to’ voy a tener que rajá a arguien! ¡Y eso a mi mama la vatraé un disgusto! ¡Y démelo rapidito que mi mama mestásperando en la frutería que no lleva suerto!</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Vamos a ver caballero, seguro que podemos arreglar esto sin necesidad de darle un disgusto a su señora madre.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–¡A mi mama ni nombrarla, eh! ¡Que yo por mi mama mato! ¡Y ahora dame to’ lo que tenga’n lacaja!</div>



<div class="MsoBodyTextIndent" style="text-align:justify;">De nuevo sonó el tintineo de la puerta. En esta ocasión era una mujer mayor arrastrando un carro de la compra la que entraba en la sucursal.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Buenos días Pedro, veo que ya conoces a mi hijo, ¿le has dejado sacar los 10 euros que me faltaban para la compra? –dijo mientras sonreía a Pedro, pero al ver la cara de miedo de éste y de Ana, frunciendo el ceño se dirigió a su hijo -Adolfo, ¿no me digas que ya la estás liando? Mira que te lo he dicho clarito, lo único que tenías que hacer era venir a sacarme los diez euros. –Y mirando hacia el techo continuó –Este niño me va a traer un disgusto.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Rosario –comenzó Pedro que no daba crédito a lo que estaba sucediendo –, ¿este es su hijo?</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Lo siento mucho Pedro. ¡Adolfo tira pa’fuera, que en cuanto lleguemos a casa te voy a dar poca!</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–Que no mama, c’a sío una confusión, que solo estamos hablando.</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–¡Anda, tira, tira! ¡Que cuando lleguemos a casa verás! –Rosario cogió a su hijo de la sudadera mientras tiraba de él hacia la puerta –Disculpad, que no sabe lo que hace, que este niño es ¡tonto! -enfatizó mirando a su hijo -Anda, vámonos que al final la frutera me ha dejao fiao y ya se lo pago mañana. ¡Cuando se lo cuente a tu padre te vas a cagar!</div>



<div class="MsoNormal" style="text-align:justify;">–¡No, a papá no que se va a enfadar!</div>



<div class="MsoBodyTextIndent" style="text-align:justify;">Rosario se llevó a Adolfo ante las miradas atónitas de Pedro y Ana. Cuando salieron por la puerta ambos suspiraron aliviados. Poco después, una vez Pedro se hubo montado en su coche comenzó a relatarse en voz alta.</div>



–Pedro, lo que no te pase a ti… 
–Y yo cómo me iba a imaginar que ese energúmeno era el hijo de Rosario, con lo agradable que es esa señora… 
–Pues te voy a decir una cosa, de mañana no pasa que llame a la central para que nos pongan un guarda de seguridad en la sucursal.
–¿Y si los de la central me dicen que no? 
–Bueno, no creo que se nieguen conociendo el barrio donde tenemos la oficina, porque cada día llega más chusma y esto es un sin vivir.
–Seguro que el lunes viene uno de seguridad, aunque con los recortes son capaces de descontártelo del sueldo.
–Si es que ya me lo decía Sole, que este trabajo no está pagado…
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		<title>Un Nuevo Día</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 05 Feb 2011 18:50:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Después de dos años quién se iba a imaginar que aquello cesase aquel día… Contra todo pronóstico, aquel día no fue el final, sino el comienzo de todo, el fin [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Después de dos años quién se iba a imaginar que aquello cesase aquel día… Contra todo pronóstico, aquel día no fue el final, sino el comienzo de todo, el fin de la tormenta… la calma.</p>
<p>Y aunque inundaciones, terremotos, erupciones volcánicas y muertes de inocentes habían marcado dos años de penuria, aquel día, aunque el cielo continuaba negro, parecía que algún rayo de sol luchaba por dejarse ver…</p>
<p>Lo que había comenzado como una locura entre amigos, terminó convirtiéndose en una realidad… ¿qué mejor día si no?</p>
<p>Era el 22 de diciembre del año 2012, el primer día de la calma, de una Nueva Era… Los que quedaban estaban allí.</p>
<p>Los restos de la Catedral se veían radiantes, el contraste de sombras  hacia radiar con un tono lúgubre y esperanzador a la vez… Un carruaje victoriano guiado por dos negros corceles llegaba a la puerta. De su interior surgió ella… Vestida de negro, con traje de brocados y encajes, ensalzando su figura, un corsé. Uno de los pajes le ayudó a descender. Aunque la plaza estaba desierta sabía que en interior la esperaban… Se pudieron oír en la lejanía los primeros acordes. Ya era la hora. Armada de valor, se adentró entre las ruinas, su caballero la esperaba.</p>
<p>Maravillada por la belleza del momento se dejó guiar por la música… sus pasos resonaban por donde caminaba. Y allí estaba él… sonriente, nervioso al igual que ella… impaciente.</p>
<p>Sus pasos parecían romperse con cada nuevo movimiento, esquivando las piedras que encontraba en su camino. Y por fin llegó a lo que en otro día fuera un altar. Vio a sus seres queridos, le sonreían, atónitos por la imagen que contemplaban…</p>
<p>Lo que comenzó como un acorde suave, ya era una melodía sinfónica que retumbaba en las paredes de lo que fue un templo. Al llegar junto a su amante, la música cesó. Un anciano los observaba, con ropajes sucios, que en un tiempo fueron blancos. Comenzó a recitar las palabras más dulces nunca oídas. Ambos, cogidos de las manos se miraban, absortos de lo que les rodeaba. El momento había llegado, ya nada evitaría aquello… Le tocaba decir el “Sí quiero”. Él, tembloroso, esperaba su turno, pero sus palabras fueron firmes. Ella, mostrando más calma de la que realmente sentía, lo corroboró.</p>
<p>Ya era oficial, lo habían conseguido a pesar de las incertidumbres, del dolor sufrido, y no había vuelta atrás, sería para toda la eternidad…</p>
<p>La emoción no les permitió reprimir aquel beso, aquella ansia colmada de felicidad.</p>
<p>La música volvió a sonar, animando a todos a aclamar aquel momento. Salieron de las ruinas victoriosos. Lo habían logrado.</p>
<p>O al menos, así debería haber sido si aquella tormenta no hubiese devastado la ciudad entera, llevándose consigo a todas las personas que aquella noche se encontraban en ella…</p>
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		<title>Maltratos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 11 Jun 2010 00:14:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Parte I Días y noches de torturas esperando salvación. Días que nunca acaban y noches de frío sudor. Dolor que hiere, que agrava una cruel traición. Mi tormento es mi [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-weight:bold;">Parte I</span></p>
<p>Días y noches de torturas<br />
esperando salvación.<br />
Días que nunca acaban<br />
y noches de frío sudor.</p>
<p>Dolor que hiere, que agrava<br />
una cruel traición.<br />
Mi tormento es mi locura,<br />
el suyo, el alcohol.<br />
Cada día más bebe<br />
y yo cada noche sufro su horror.</p>
<p>Mi lamento es no haber sabido<br />
decirle que no.<br />
Me dice que no lo entiendo,<br />
que no comprendo su dolor,<br />
que a él se le hace un mundo<br />
y no encuentra la salvación<br />
mas que en una copa de vino,<br />
en un coñac, o en un wiscky peleón,<br />
y que luego no conoce<br />
a dónde le lleva su error.</p>
<p>Me dice que lo siente,<br />
que me quiere más que a nada,<br />
y yo como feliz tonta,<br />
le consuelo y le concedo mi perdón,<br />
le digo que no importa,<br />
que tiene solución,<br />
pero nada de esto sirve,<br />
pues luego, de nuevo lo encuentro<br />
empapado en ese olor dulzón.</p>
<p>Lo he probado todo,<br />
pero sin ninguna solución,<br />
primero me da de golpes,<br />
luego, llorando, me pide perdón.</p>
<p>Cuatro veces ingresada,<br />
“Cinco no aguanta” dijo el doctor.</p>
<p>Pero él lo siente,<br />
como un niño, llora,<br />
baña mi almohada en lagrimas,<br />
y esto va a ser mi perdición.</p>
<p>Tres niños que me piden,<br />
con gritos de desolación,<br />
que lo deje, que huyamos<br />
a un lugar mejor,<br />
donde el aire no tenga nombre,<br />
donde puedan dormir mejor,<br />
pero yo no puedo dejarlo,<br />
es mi vida, mi gran amor,<br />
dejarlo sería como matar<br />
a sangre fría a mi Razón,<br />
me volvería loca su ausencia,<br />
no volvería a encontrar el calor<br />
que por las noches me da<br />
cuando me pide perdón&#8230;</p>
<p><span style="font-weight:bold;">Parte II</span></p>
<p>Era una buena madre,<br />
buena amiga, y tenia un gran corazón.<br />
Aquí yace su cuerpo,<br />
sin vida y sin dolor.<br />
Aquí sus tres hijos,<br />
con llanto y con rencor.<br />
Lloran por la madre muerta,<br />
el padre, no tiene perdón.</p>
<p>Cuatro veces ingresada,<br />
la quinta no aguantó,<br />
“ya estaba muy mala”<br />
fue lo que dijo el doctor.</p>
<p>Pero ella siguió amando a su marido…<br />
¡el muy cabrón!<br />
ella quería ayudarlo,<br />
pero él la rechazó.<br />
Aquella tarde fría,<br />
fue la última que vio,<br />
y todo porque aquel mal marido<br />
un par de copas se tomó.<br />
Ella ingresó a las tres,<br />
y a las seis murió.</p>
<p><span style="font-weight:bold;">Parte  III</span></p>
<p>Salió en televisión,<br />
en prensa y radio,<br />
pero de nada sirvió,<br />
porque aquel desgraciado,<br />
a los dos años de salió.</p>
<p>Alegaron buena conducta,<br />
rehabilitación, reinserción&#8230;<br />
Dijeron que había cambiado,<br />
pero sus hijos sabían que no.</p>
<p>El mayor de ellos, Antonio,<br />
a su madre vengó.<br />
El día del juicio,<br />
agresión a un menor alegó.<br />
Salió en las noticias<br />
como “El Vengador”,<br />
y sin culpa alguna,<br />
de sus hermanos cuidó,<br />
como no lo hizo aquel<br />
que su muerte firmó,<br />
el día que probó una copa<br />
y se hizo adicto al alcohol.</p>
<p>&#8212;</p>
<p>Hermoso sería si fuera cierto,<br />
pero todos sabemos que no,<br />
Antonio, a su madre perdió,<br />
él y sus hermanos, divididos,<br />
a casas de acogida fueron llevados,<br />
y cuando el padre salió de prisión,<br />
lo reclamó,<br />
por orden de un juez regresaron<br />
a la casa de aquel cabron,<br />
y la primera noche, metidos en sus camas,<br />
los mató.<br />
Luego se pegó un tiro,<br />
y de eso nadie se enteró&#8230;<br />
La Justicia había fallado, y no una, sino dos.<br />
Y de aquellos pobres niños,<br />
nunca nadie más habló.</p>
<p>4 de Noviembre de 2002<br />
Mis idas de pinza con 16 años&#8230;</p>
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