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	<title>#ProyectoCaos &#8211; Martha R. Belmont</title>
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	<title>#ProyectoCaos &#8211; Martha R. Belmont</title>
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		<title>Anaïs, la chica frente al espejo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 23 May 2023 12:19:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>—No toques las cosas que no son de tocar.</p>
<cite>Anaïs</cite></blockquote>



<p>La chica al otro lado del espejo observaba el manto de estrellas que cubría el cabello azul de Anaïs. La luz de la vela se reflejaba en el ahumado gris de sus ojos, resaltando el brillo de todas las lágrimas que había derramado desde que la luz cayó del cielo. Habían llegado hasta el final del camino. Habían recorrido aquellos túneles buscando la entrada a otro reino, y al fin habían encontrado la respuesta a su esperanza.</p>



<p>Hacía tan sólo unos minutos, Anaïs se encontraba ante su <em>Chicosombra</em>, con la cara apoyada contra el cañón del arma con la que parecía decidido a acabar con su vida. Había aceptado que ese fuese su final, a manos de él, por orden de su propia hermana. Y confiaba en que aquello, al menos, sirviese para darle tiempo a los demás y que pudiesen llegar hasta la puerta. Cerró los ojos cogiendo aire con fuerza, luchando contra la presión que le oprimía el pecho y las ganas de gritar que la invadían, e hizo la pregunta que le atormentaba desde que Hope le arrebató, por venganza, a lo que más amaba.</p>



<p>—¿Eres feliz? —El silencio respondió a su pregunta. Apretó de nuevo los ojos con fuerza, tratando de expulsar las lágrimas que le impedían verle entre la oscuridad—. No olvides darle de comer a los gatos. —Sonrió dejándole ver el tatuaje al que se aferraba cada noche para no olvidarle. <em>«Luz. Calma. Lo siento. Esperanza. No te abandonaré. Te quiero. Chicosombra.»</em></p>


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<figure class="aligncenter size-full is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="422" height="503" src="https://rosanera.es/wp-content/uploads/2023/05/Tatuaje-antebrazo-gato.png" alt="Tatuaje de Anaïs" class="wp-image-3034" style="width:315px;height:375px" title="Anaïs, la chica frente al espejo 1" srcset="https://rosanera.es/wp-content/uploads/2023/05/Tatuaje-antebrazo-gato.png 422w, https://rosanera.es/wp-content/uploads/2023/05/Tatuaje-antebrazo-gato-300x358.png 300w, https://rosanera.es/wp-content/uploads/2023/05/Tatuaje-antebrazo-gato-252x300.png 252w" sizes="(max-width: 422px) 100vw, 422px" /></figure>
</div>


<p>Anaïs llevaba preparándose para aquel momento desde que salió de la aguja. Sabía que, tarde o temprano, sus caminos volverían a cruzarse y que, probablemente, él iría a matarla. Hacía días que se había rendido ante la idea de luchar, y estaba dispuesta a sentarse a esperar a que llegase el final, a que su mundo se reiniciase, con la esperanza de que él volviese a susurrarle aquel “lo siento” entre la multitud del 7Sins. Unas horas desde que Limbo volvió a romperla en mil pedazos, golpeándole en la cara con la realidad: su desidia amedrentaba a quienes compartían su suerte. Unas horas desde que Jessie trató de convencerla de que era mejor morir de pie que hacerlo de rodillas, y de que si no podía pasar el fin del mundo junto a quien amaba, al menos debería hacerlo junto a quienes la necesitaban. Unas horas desde que volvió a sentirse tan solo otra de las herramientas de la Quimera, usada por el León para llegar a la comunidad mágica, y por Aradia para aferrarse a la vida mientras suplicaba a los espíritus que les ayudasen. Y tan solo unas horas desde que había vuelto a fallar, siendo incapaz de hacer lo único que creía que se le daba bien, dejando morir a Jenízare a manos de aquel traidor. Aunque también unas horas desde que el León le dio las gracias por haberle ayudado a ser mejor, desde que Luca le dijo que veía en ella cómo, a pesar de todo, le había dado esperanza a muchos, y tan sólo unos minutos desde que Hikari le había implorado que aguantase hasta el final porque debía ser ella quien abriese la puerta.</p>



<p>Pero el tiempo se detuvo de nuevo, y cuando él apartó su arma, ella se fundió con su pecho en un abrazo en el que creyó perder el aliento. Y, para cuando se quiso dar cuenta, había vuelto a tocar las cosas que no eran de tocar, había roto la cuarta dimensión, y la chica al otro lado del espejo se estaba despidiendo de ella dándole las gracias.</p>



<p>—<em>Ángeles de la Guarda de la Quimera, cuidad bien de cada uno de estos locos para que puedan ser lo que siempre quisieron ser.</em></p>



<p>El despertador de Anaïs sonó, como cada mañana, a las 7:45h. Al abrir los ojos, vio cómo la claridad que entraba por el enorme ventanal inundaba la habitación. Se puso la sudadera que había tirado la noche anterior sobre la silla que tenía junto a la cama y se dirigió a la cocina. Antes de fregar la taza se remangó, dejando al descubierto el tatuaje de su antebrazo, y encendió la máquina de café.</p>



<p>El tintineo de la cucharilla golpeaba rítmicamente las paredes de la taza mientras removía el azúcar pensativa, repasando uno a uno los puntos que tenía anotados en la lista de tareas que tenía en la cabeza. Aunque su hermana la animó a hacerse cirujana cuando entraron en la universidad, había algo en su vida que no terminaba de hacerle sentir completa, por lo que, cuando un par de semanas antes, en plena cena con sus seres queridos, la vieja amiga de sus padres le ofreció cambiar de rumbo, no le costó demasiado aceptar su proposición y dejar el hospital en el que trabajaba.</p>



<p>Al bajar del coche, Anaïs alzó la vista ante el hermoso edificio en el que se encontraba el orfanato. Al otro lado del jardín, la anciana paseaba del brazo con un muchacho que le resultó familiar, y con la sensación de que ya le conocía, se acercó a ellos.</p>



<p>—Qué alegría de que hayas llegado, niña, ven, te presento a mi hijo. Adán, esta es Anaïs, la chica de la que te he hablado, estoy segura de que haréis muy buena pareja —añadió la anciana guiñándole un ojo a la muchacha.</p>



<p>—Lo siento —se disculpó el joven ruborizado, con una dulce sonrisa que le iluminaba la cara—, no hagas caso a mi madre…</p>



<p></p>



<p></p>



<p>Extracto de la saga «La Orden del Khaos». Fragmento de <strong><a href="https://rosanera.es/tag/proyectocaos/">#ProyectoCaos</a></strong>.</p>



<p></p>
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		<title>Nada. No eres más fuerte que yo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 02 Aug 2022 02:01:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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</div></figure>



<p>Un sueño, una ilusión que esconde mucho más tras de sí. Te descoloca, te desconcierta, y te hace perderte en tu mundo, en tus recuerdos. Y te das cuenta de que ni ahora te consuelan. Creíste que te servirían como excusa, algo a lo que aferrarte, pero ahora comprendes que no eran más que eso, una ilusión inocua. Algo efímero que no te sirve para nada.</p>



<p>Ya en tu mundo, recuerdas con nostalgia, aquellas palabras sin sentido, aquellos actos que no se vieron merecidos. Aquel momento de engaño. Aquello que ya no sirve para nada, que sólo es eso, un recuerdo. Sus palabras se las llevó el viento, y en silencio contemplaste su rostro, que ya sólo te transmitía lástima. Y la Nada te llevó lejos, de ciudad en ciudad, siempre huyendo. Pero no de él, sino de ti mismo. Del monstruo que llevas dentro. Y cuando creíste encontrar la paz, descubriste que también era una farsa. Que ya nada tenía sentido, que ya nada tenía importancia. Y sólo te quedó el olvido. Y como en una carrera infinita, perdiste el aliento. Sentiste cómo te arrancaban el alma, como algo muy dentro de ti te abandonaba. Pero no lloraste, sabías que eso tampoco serviría de nada. Y el silencio se hizo eterno. Eterno en tu corazón y en tu mirada.</p>



<p>Mentiste, engañaste, te hiciste ver como alguien fuerte, alguien que realmente nunca fuiste. Creíste que así alguien te querría, pero qué equivocado estabas. Cuanto más tratabas de acercarte a alguien, más se alejaba. Y la pena volvió a inundar tu alma al sentirse traicionada. ¿De qué te sirvieron todos aquellos momentos si siempre te abandonaban? ¿Para qué seguir fingiendo? ¿Acaso crees que alguna vez le importarás a alguien? Si ni a ti mismo te importas. Huye, cobarde. Vete lejos. Desaparece. Se lo que siempre fuiste, una sombra, alguien a quien nunca nadie echará de menos porque a nadie le importas.</p>



<p class="has-text-align-center"><em>Y la Nada será eterna, como tu silencio.</em></p>



<p>Pero, ¿y qué más da? ¿por qué no intentarlo? ¿acaso no es posible redimirse? ¿no consisten precisamente en eso las segundas oportunidades? En volver a intentarlo&#8230; para conseguirlo. Para hacer aquello que no fuiste capaz de hacer la primera vez. Porque un monstruo no es aquel que hace mal las cosas y fracasa, sino el que se da por vencido antes de conseguirlo. El que no lucha. El que no obtiene la victoria. El que se rinde. El que calla. El que no afronta sus decisiones para llevarlas a cabo. No, no voy a rendirme, no volveré a fracasar. Y si no me quiere, y si me abandona, y si me traiciona, no importará, porque no lo haré por él, sino por mí. Porque ya no tengo nada que perder. Porque ya sólo me queda el “yo”. Y porque tú no eres más fuerte que yo.</p>



<p>Fragmento de <strong><a href="https://rosanera.es/tag/proyectocaos/">#ProyectoCaos</a></strong>.</p>
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		<title>El miedo puede traerte de nuevo a casa</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 18 Jun 2022 14:02:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[#ProyectoCaos]]></category>
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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow"><p><em>El miedo no es malo… El miedo te hace más rápido, más inteligente y más fuerte. El miedo no tiene por qué hacerte cruel o cobarde… puede hacerte bueno. Está bien tener miedo. Siempre vas a tenerlo aunque aprendas a ocultarlo. El miedo es como un compañero constante, siempre está ahí, pero eso está bien porque el miedo puedo unirnos. El miedo puede traerte de nuevo a casa.</em></p></blockquote>



<p>Anaïs creyó romperse en mil pedazos al ver que todos regresaban menos él. Le buscó en silencio por toda la casa, con un nudo en el estómago, sin obtener respuesta, y al verle atravesar la puerta pudo de nuevo tomar aire. Se apretó con fuerza contra su pecho, compartiendo sus latidos desbocados mientras inhalaba el olor de su piel. Arkady rompió con sus gritos el silencio entre ellos, exigiendo que ella hiciese lo único que parecía importarle a la Kimera, como si lo que para ella era importante no lo fuese para nadie más. Palpó su torso en busca de heridas, comprobando que se encontraba a salvo antes de dejarse arrastrar hacia la enfermería.</p>



<p>No comprendió lo que vio cuando pudo regresar de nuevo junto al <em>chicosombra</em>. ¿Por qué él parecía estar tan roto por dentro mientras el resto se vanagloriaban por la victoria? ¿Qué había ocurrido mientras ella remendaba las heridas de los idiotas que no hacían más que lanzarse contra las balas? Anaïs cayó de rodillas frente a él mientras <em>El Loco</em> parecía tratar de tranquilizarlo. Le había dejado creyendo que se encontraba bien, y al regresar se dio cuenta de que había sido un error… Tenía las manos heladas, la mirada perdida, la voz temblorosa y el corazón parecía querer salir de su pecho.</p>



<p>Miedo. Su <em>luz</em> tenía miedo. El miedo le embargaba impidiéndole ver más allá de aquel <em>demonio</em>. Y ella no sabía cómo recomponer sus pedazos. No era una herida que pudiese coserse, ni una pieza rota que pudiese arreglarse con las manos. Otro de tantos “te quiero” obtuvo silencio por respuesta. <em>–¿Tú me quieres? Necesito saberlo. –Más que a mi vida…</em> Anaïs tuvo miedo de responder a la siguiente pregunta. Le hizo pedazos la idea de que se lo preguntase solo por alimentar aún más su miedo. Aceptó con un beso antes de que su <em>esperanza</em> le pidiese ayuda para vencer a su miedo, haciendo ver a la muchacha que debía hacer algo más, que remendar a la Kimera tras cada batalla, si quería dejar de temer que no regresase. Sin embargo, no entendió cómo lo haría Maverick para que el miedo desapareciese, ¿cómo eliminaría aquel sentimiento sin dañar otros, sin alterar lo que le hacía especial? ¿Cómo le ayudaría a convertirse en el miedo de otros sin perder la inocencia que la había hecho enamorarse de él?</p>



<p>Ella sería su ancla a la realidad, al igual que él lo había sido cuando cayeron las defensas de la casa por su culpa.<em> No se tocan las cosas que no son de tocar</em>. Aquel niño le recordaba tanto a su hermana pequeña… Le asaltó el recuerdo de cuando trataban de sobrevivir juntas en las calles poco después de perder a sus padres. El cuerpo de Anaïs comenzó a temblar mientras se rompía por dentro al ver sufrir a su <em>calma</em>. Aunque sabía que aquello le haría más fuerte, no podía olvidar las palabras de Maverick mientras alzaba cada uno de sus dedos: <em>olvidará, se volverá loco, deseará morir, o se hará más fuerte.</em></p>



<p>Si se entrometía demasiado nada de aquello serviría, pero al verle tan asustado no pudo evitar acompañarle, susurrándole que él era más fuerte que todo aquello. Recordándole que fue valiente al aceptar el precio que le supondría evitar que todos olvidasen. En el último recuerdo ocurrió lo inevitable: los cuerpos calcinados y sin vida de quienes habían acudido al museo se encontraban a los pies del asustado muchacho. Cuando el quemado dejó caer ante él aquella masa deformada y sin vida que poco antes había sido de Anaïs, la ira empujó a Sombra contra su miedo, arrojándose con él por un precipicio de caída infinita sumido en la más profunda oscuridad, iluminado tan sólo por una voz que le susurraba una y otra vez “<em>No estás solo… no te abandonaré”</em>.</p>



<p><em>Pero mientras se alejaba, no podía evitar pensar en el arma de doble filo en el que se había convertido, ya que tarde o temprano se volvería en su contra, y en las consecuencias que aquello conllevaría.</em></p>
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		<title>Anaïs, la caperucita roja que se comió al lobo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 19 Mar 2022 16:18:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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		<category><![CDATA[Fantasía urbana]]></category>
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</div></figure>



<p>–¡¡Soy real!! –La voz desgarradora de Hope aún resonaba en el interior de Anaïs. Le habían parecido tan reales las lágrimas en los ojos de su hermana que aún se preguntaba si se había equivocado al tomar su decisión… Pero algo no encajaba, cómo podía haber aparecido allí, tras aquella puerta, justo ante sus ojos… después de tanto tiempo… No tenía sentido y rompía su lógica…</p>



<p>–No, no puedes ser real… ¡estás muerta! Él lo dijo… no apareces en el sistema… no existes… No puedes estar aquí… –murmuraba Anaïs a cada paso que daba hacia atrás –Tú no eres real, él sí…</p>



<p>–¡¡¡Pero soy real!! ¡¡Coge mi mano, ven conmigo!! –Hope lloraba desconsolada sin comprender por qué su hermana prefería refugiarse entre las sombras en vez de volver con ella, y su esperanza se fue desvaneciendo lentamente en la oscuridad.</p>



<p>–Anaïs, respóndeme –La voz de Grey la devolvió a la realidad. Habían pasado semanas desde que llegaron a aquella casa en la que se encontraban a salvo, semanas desde que vio a su hermana aparecer al otro lado de una puerta que debía estar abarrotada de drones preparados para disparar a matar.</p>



<p>–Perdona, ¿qué? –respondió la chica clavando en él sus ojos grises.</p>



<p>–¿Qué por qué ahora vas de rojo? ¿Ya no eres la chica azul?</p>



<p>–Oh, eso… Bueno, no sé… ya no me siento azul… sino más bien rojo… es complejo pero, ¿acaso importa?</p>



<p>–No, no, por supuesto que no… Cada cual puede vestir como quiera… Pero dime, ¿es por el chico ese? La verdad es que no entiendo qué ves en él…</p>



<p>–Veo luz… –respondió pausada. Se sentía extrañamente tranquila, y el mundo parecía diferente desde que él detuvo sus pasos.</p>



<p>–Pero… es Sombra… –dudó Grey.</p>



<p>–Pero tiene luz en la sonrisa –respondió con una leve mueca que se podría interpretar como un amago de sonrisa, y perdiendo la mirada en el silencio de aquella sala continuó –, y un brillo especial en la mirada… Él es calidez y dulzura… Es apego… es un abrazo olvidado… de los que te reconfortan… de los que te dejan grabada su impronta, y aunque no recuerdes el momento, sabes que estuvo ahí.</p>



<p>–Bueno, tú sabrás, niña.</p>



<p>–Todos los que están en esta casa son algo… Quizás por eso estén unidos bajo el manto de la quimera… El León es brillo y fiereza, pero también es honor y decisión, es el ímpetu, la soberbia, el aquí y el ahora. Es rabia… Como Hikari, pero ella también es pasión, sutileza, es emoción, y en parte, dolor. Como lo es también Samael, aunque él sea ira, confusión, abandono… y ello le empuje a ser conocimiento, aprendizaje, errores… y miedo… como Limbo, que es también humanidad, desconcierto, duda… Quizás por eso sea también renacer y esperanza… Aunque probablemente eso sólo sea porque Hope le cambió por dentro…</p>



<p>–¿Hope?</p>



<p>–No importa… ya no es nadie… No podía ser real… y ya es tarde…</p>



<p>–Ey, Anaïs –Arkady la sacó de su recuerdo –¿Ya te ha contado el <em>tontico</em> que está jugando con tu <em>chicosombra</em>? –Clic. Los ojos de Anaïs parecieron encenderse y regresar a la sala una vez más.</p>



<p>–Eh, eh, yo no juego… Sólo le he dicho que haga un experimento… Por su bien… es para que… –Poco a poco la realidad de Anaïs volvió a ir despacio, a traspié, ¿por qué el <em>tontito</em> no iba al grano? ¿Por qué se evadía? ¿Por qué alargaba tanto sus respuestas? ¿Por qué evitaba decir las cosas claras? Clic. En la cabeza de la chica de rojo resonaban los engranajes del cubo que no debió tocar. Clic. –Sólo le he dicho que pruebe a concentrarse en hacer que los demás recuerden… bueno, u olviden lo que… –<em>No, no, no, no, pero ¿y si le olvidan? ¿Y si no funciona? ¿Y si se da cuenta de que no le recuerdan? ¿Y si vuelve a creer que no es real? ¿Y si él vuelve a querer que le olviden? ¿Y si trata de hacer que yo le olvide? ¿Y si me abandona? No, no, es mala idea…</em></p>



<p>–Debo hacerlo, alguien debe hacerlo –El <em>chicosombra</em> sabía que debía ser él quien fuese, quien se sacrificase por darle una oportunidad a aquel loco.</p>



<p>–¿Y por qué tú? No, no irás… no irás sin mí.</p>



<p>–No puedes venir, es peligroso, ¿y si te pasase algo?</p>



<p>–¿Y si te pasase a ti? ¿Para esto he renunciado a todo? ¿Para perderte así?</p>



<p>–De acuerdo, ven. No te abandonaré… Te quiero… –<em>Te quiero</em>… Aquellas dos palabras resonaban como un eco en la cabeza de Anaïs mientras se alejaba de él una vez más, mientras él tomaba su camino entre las sombras, y ella volvía a preguntarse<em> ¿qué es real?</em></p>
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		<title>Madelain. El dolor de una madre en Metrópolis</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Feb 2022 11:11:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[#ProyectoCaos]]></category>
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<p>Para Madelain había sido un día duro. Como los anteriores, se había levantado temprano, y se había dado una ducha antes de despertar a Marcos. Odiaba hacerle madrugar para ir al colegio, pero si no lo hacía, llegaría de nuevo tarde al trabajo. Esa semana no podía permitirse que su jefe la volviese a ver entrando a deshora. Ya le habían dado dos avisos, y un tercero probablemente le costaría el despido. Desde la muerte de Tomás se había visto obligada a doblar los turnos para poder pagar el alquiler, y necesitaba ese empleo.</p>



<p>Conoció a Tomás hacía casi siete años, cuando vivía en el sector 30, y gracias a él pudo mudarse al sector 10. Pero aunque vivir en ese sector le supuso una mejora en su vida, los golpes de Tomás le hacían desear volver a su antigua habitación en la casa de vecinos donde se había criado. Al nacer Marcos, Madelain creyó que todo cambiaría, que Tomás se daría cuenta de que lo que hacía no estaba bien, pero no fue así. Tomás comenzó a frecuentar el 7Sins y al regresar a casa, los golpes fueron convirtiéndose en algo cotidiano…</p>



<p>En el colegio de Marcos, Madelain conoció a Selenia, la madre de Nohe, y se hicieron buenas amigas. Una mañana, Selenia descubrió las marcas de los golpes de su amiga, y sabiendo ya por su hija que Marcos también los sufría, habló con ella. Le contó que su marido “<em>conocía a gente… gente que hacía cosas&#8230;</em>”, que podrían ayudarla a ella y a su hijo… que podrían hablar con su marido para que dejase de tratarles mal, e incluso darle un arma a ella para que pudiese defenderse si volvía a hacerles daño… y Madelain aceptó. Aceptó sin saber que un par de noches después, su marido no saldría del 7Sins.</p>



<p>Al salir del trabajo, Madelain recogió a Marcos, y de camino a casa se detuvieron a comprar algo de comida para la cena. Madelain estaba demasiado cansada para cocinar y su hijo no tardaría mucho en quedarse dormido. Con suerte le dejaría tiempo para ella, quizás pudiese darse un baño, o conectarse un rato a 2Life y volver a encontrarse con Arkchy32. Quizás podría desconectar un rato de su vida y del cansancio que le acompañaba desde que llegó al sector.</p>



<p>Al llegar a casa, Marcos estaba tan cansado que se quedó dormido en el sofá mientras ella preparaba las cosas para cenar, así que lo llevó al cuarto. Lo tumbó sobre la cama y no pudo evitar echarse junto a él y detenerse a contemplarlo. Le parecía un ser tan hermoso que la estremecía. En el fondo, le daba vergüenza reconocer que estaba enamorada de él desde que nació. Acarició sus rizos con temor a despertarlo, pero sabiendo que aquello le reconfortaría aún más en su sueño.</p>



<p>El sonido del teléfono la sacó de sus pensamientos, y dejando al pequeño durmiendo, se dirigió al salón. Era Selenia. Parecía alterada. Había habido una fuga en la cárcel y un grupo de presos estaba en su edificio. Trató de calmarla sin éxito. Su amiga lloraba desconsolada, nerviosa, y su voz se solapaba con el llanto de Nohe, quien no comprendía lo qué estaba ocurriendo.</p>



<p>Un fuerte golpe provocó que ambas gritasen de pánico antes de que se cortase la llamada. Madelain, nerviosa, llamó a emergencias, pero no obtuvo respuesta. Las líneas estaban saturadas. Cuando quiso regresar al dormitorio de su pequeño, un fuerte ruido, seguido de algunos trozos de la pared que impactando en su rostro, la aturdieron. Había habido una explosión y le pitaban los oídos. Se sentía mareada. Confusa. Cuando al fin pudo enfocar lo que tenía ante ella, vio un enorme hueco en la pared, y a través de él, la calle. La habitación de su pequeño había desaparecido, y con ella, también lo había hecho el amor de su vida.</p>



<p>En las noticias, Effie dijo que unos terroristas habían liberado a los presos de la cárcel y que éstos, en su huida, habían provocado diferentes explosiones por todo el distrito. Aunque detuvieron a los cabecillas de los atentados, los interrogatorios se fueron alargando, y Madelain no veía que se hiciese justicia a su pequeño…</p>



<p>Una noche, en la que Madelain trataba de ahogar su dolor en licor, oyó a unos chavales emocionados por el morbo de acudir a una fiesta en el 7Sins a la que se rumoreaba acudirían los terroristas para darles un último gran espectáculo antes de enviarlos a la arena de nuevo con el León. La rabia enturbió la mirada de Madelain al no comprender que a esos asesinos se les diese de nuevo la oportunidad de escaparse antes de que se hiciese justicia… Y dejando su copa a medio beber, se puso en pie y comenzó a andar hacia el 7Sins. Al entrar en la discoteca, no pudo evitar apretar con fuerza el arma que su amiga le había conseguido y que llevaba escondida bajo la ropa.</p>



<p>Se dirigió a la barra y pidió otra copa que le diese fuerzas para hacer lo que llevaba queriendo hacer desde que le arrancaron a su pequeño. Con cada trago se sentía aún más inmersa en sus pensamientos, en su odio. Ese odio visceral que la reconcomía más cada segundo que pasaba. Una racha en su hombro la devolvió a la realidad. Alguien había pasado junto a ella haciéndola perder ligeramente el equilibrio. Era una chica de pelo azul que parecía nerviosa y llevaba algo brillante en el cuello… Esa chica… Esa chica era a la que estaba buscando.</p>



<p>Effie había dicho en su informativo que ella era la cabecilla del grupo terrorista, y estaba allí, tan alegre, de celebración en aquella discoteca, mientras que de su pequeño Marcos tan sólo quedaban algunas cenizas en un tarro. La persiguió por la pista de baile con los ojos llenos de lágrimas hasta otra sala donde la chica del pelo azul se encontró con un muchacho. No se atrevió a entrar, y desde la puerta les oyó discutir. Ella culpaba al chico de haber matado a cientos de inocentes y haberle echado la culpa a los nómadas, de usarlos de cabeza de turco para no decirle a la gente que la policía había provocado las explosiones, matando a cientos de inocentes para acabar con los presos, y el chico, cabizbajo, le daba la razón. ¿Todo había sido culpa de la policía? ¿La policía había matado a su pequeño? Madelain no comprendía lo que estaba escuchando, y se sentía confusa. ¿Les habían engañado? No, seguro que era una treta de la terrorista para parecer inocente, pero entonces, ¿por qué el chico le daba la razón? </p>



<p>Madelain adentró la mano por debajo de su camiseta para coger el arma, acabaría lo que había ido a hacer. Necesitaba vengar a su pequeño y a su amiga… Pero mientras dudaba, un grupo de gente interrumpió en la sala y se llevó a la chica del pelo azul a un lugar al que no la dejaron acceder… Y para cuando se quiso dar cuenta, los presos ya no se encontraban en el 7Sins, y a ella le asaltaban las dudas sobre quiénes habían sido los verdaderos culpables de la muerte de su pequeño.</p>



<p>Fragmento de <strong><a href="https://rosanera.es/tag/proyectocaos/">#ProyectoCaos</a></strong>.</p>
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		<title>La noche que me enamoré de la sombra de mi verdugo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 29 Nov 2021 09:39:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[#ProyectoCaos]]></category>
		<category><![CDATA[Fantasía urbana]]></category>
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									<p></p>
<p>Entraste a aquel lugar acompañada por tus verdugos, con un collar que podría costarte la vida si alguien decidía apretar el botón. Caras conocidas, caras que sólo habías visto por televisión, caras que te resultaban familiares sin saber por qué. Y una sombra situada a tu espalda. ¿Un dejavú? Qué extraño. ¿Por qué no muestra el rostro? ¿Qué oculta? Huyes. Te sigue. <em>Lo siento. Que no te encuentre</em>. Algo en él te resulta familiar, pero te alejas. ¿Te asusta? No, tú no temes a nada. No. ¿No? Le esquivas, al él y a otros. Pero, ¿por qué lo siente? Es como si ya le conocieses. Te estás volviendo loca. Se acerca de nuevo. Dejas de huir. ¿Esto ya ha ocurrido? ¿Él ya ha sido tu sombra antes? ¿Quizás…? No, absurdo. Dice creer en tu inocencia. Miente. ¿Miente? ¿Por qué te dan sosiego sus palabras? Se descubre el rostro. <em>Ojalá pudiese hacer algo por ti</em>. ¿Por qué te resulta tan dulce…? Espera, ¿es capaz de encontrar gente? Quizás… No, no, no, no, es una locura, es imposible, además, ¿por qué lo haría? Seguro que sólo es una trampa, que busca algo, pero ¿el qué? No tienes nada que perder… ya ni siquiera queda esperanza… Se marcha. Le observas. Siempre repite los mismos patrones. Es una sombra, olvidada. Los mismos pasos. Idénticos movimiento. ¿Qué oculta? Regresa a ti y vuelve a decir <em>lo siento</em>. No la ha encontrado, no está en el sistema. Sólo hay dos opciones. ¿Seguro? Algo hace clic en tu cabeza y te marchas, como haces siempre. Piensa. Piensa. ¡Piensa! ¿Y ahora qué? ¿De verdad la has perdido para siempre? Te rompes. Te vuelves a sentir pequeña. No. Otra vez no. ¿Por qué? Una mano acaricia tu hombro. ¿Estás bien? ¿La sombra siempre está ahí? Te devuelve la esperanza, aunque en parte sabes que no es más que la quimera que te lleva acompañando años. Tomas aire. Sigues adelante. Objetivos. Céntrate. No te disperses. El mundo va demasiado despacio y tienes prisa, pero ¿prisa por qué? ¿Por morir a manos del cazador? No. No. Eso será otro problema para tu yo de mañana. Le vuelves a sentir, está ahí. Junto a ti. Tomas aire y el mundo a vuestro alrededor vuelve a desaparecer. Ya no sientes ansia porque los segundos transcurran más rápido, no observas todo lo que te rodea esperando que acabe, sólo a él. ¿Por qué? Ya sabes quién es. Te cazó. Estás ahí por su culpa, pero… Tomas aire.<em> Es un gato callejero</em>. Tienes la certeza de que si no lo haces te arrepentirás durante las horas que te quedan… Sólo eres capaz de oír tus latidos golpeándote el tímpano. Miedo. Dulce. Suave. Húmedo. Vuelves en ti. ¿Qué has hecho? Cagarla, como siempre, ya te tiene donde quería. ¿O no? Te agarra con dulzura. El calor de su piel te hace olvidar quién es, lo que ha hecho, lo que otros temen. Todo a tu alrededor pierde relevancia… En ese instante ya nada importa…</p>
<p></p>								</div>
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		<title>Malas decisiones en un clic</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 17 Sep 2021 20:54:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[#ProyectoCaos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Un escalofrío recorre tu cuerpo. Clic. Cierras los ojos. Tomas aire. Bum bum, bum bum, bum bum. Lo sueltas. Silencio.<br />
Como un día cualquiera, sales tarde del trabajo.</p>
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<p><em>Un escalofrío recorre tu cuerpo. Clic. Cierras los ojos. Tomas aire. Bum bum, bum bum, bum bum. Lo sueltas. Silencio.</em></p>
<p>Como un día cualquiera, sales tarde del trabajo. Es invierno y ya está bien entrada la noche. Esta semana los niños los tiene tu ex, por lo que al fin podrás tener tiempo para ti. Necesitas tomar el aire y salir de la tienda en la que trabajas tantas horas que empieza a parecerte que vives allí. Ya no tienes la misma paciencia que cuando entraste. Hace meses que odias a tu jefe y a los clientes que llegan cada día suplicándote que les des más dinero por sus joyas, en muchas ocasiones meras baratijas; o que no les cobres los abusivos intereses de la renovación de sus empeños. Aunque les avisaste de que serían altos, y ellos te juraron por sus parientes cercanos que en cuanto cobrasen se las llevarían, suelen llegar tarde a renovarlos y se resisten a pagar los intereses de demora, tocándote a ti fingir esa paciencia que no te queda, y hacerles entender que tú sólo trabajas en ese compro oro, que el negocio ni siquiera es tuyo, y que si no haces por lo que te pagan, al mes siguiente estarás haciendo cola con ellos en la puerta.</p>
<p>Un amigo te recomendó meterte en un grupo de Telegram donde la gente comparte planes para salir y, en el que estás, llevan toda la semana comentado que esta noche hay jam session en un edificio a las afuera, donde hacen performances y exposiciones de arte. Aunque está en la otra punta de Sevilla, la ciudad donde vives, y tendrás que ir en autobús (porque tu ex también se quedó con el coche que comprasteis a medias hace tres años, cuyas letras aún siguen domiciliadas en tu cuenta) el plan te invita a salir de tu zona de confort. Suena bien, y no tienes uno así desde hace demasiado tiempo… aunque tampoco tienes otro mejor, no te sobran las amistades desde que te divorciaste. <em>¿Qué puede salir mal?</em></p>
<p>Echaste la persiana de la tienda a las diez de la noche. Tu contrato dice que trabajas doce horas a la semana, pero no es más que otra mentira del tacaño de tu jefe. No sólo trabajas de lunes a sábado de nueve a dos, y de cinco a nueve, sino que encima siempre acabas echando horas de más. Tu nómina dice que cobras doscientos ochenta y siete euros; la realidad es que no llegas ni a seiscientos. Hoy llevas más de diez horas ahí metido, sin baño, sin agua corriente, y con un jefe que te recrimina salir a fumar cuando llevas horas muerto de asco porque “<em>puede entrar un cliente en cualquier momento</em>”. Hoy sólo han entrado cuatro personas: la cartera para dejar una carta del banco; una adolescente y un señor mayor para recargar el bonobús; y un chico que decía haber quedado con tu jefe para hacer una entrevista de trabajo… para cubrir tu puesto. A las once y cuarenta y tres has descubierto que ese cerdo te está buscando sustituto… Imaginas que es porque un día te quejaste de no cobrar los domingos que trabajas y le dijiste que no volverías a ir hasta que te los pagase como día festivo, con todas sus horas.</p>
<p>Como, para ir a la dirección del evento, desde tu trabajo hay mejor combinación de autobuses que desde tu casa, decides parar a cenar algo en la pequeña pizzería de Giancarlo. Se encuentra al lado de la tienda, y la encargada te deja ir al baño cuando tienes una urgencia en la tienda. Has pillado una porción de margarita, no porque sea tu preferida sino porque es la más barata que tienen. Casi te <em>enguñipas</em> cuando has visto acercarse el autobús a la parada y has tenido que salir corriendo para cogerlo. A esa hora perderlo podía implicar tener que esperar cuarenta minutos hasta que llegue el siguiente. Odias la línea 32 pero es la única que pasa por el barrio de mala muerte en el que estás perdiendo la poca vitalidad que te queda. Por un instante te planteas regresar a casa y pasar de todo, pero en Gran Plaza, clic, casi por impulso, te bajas y caminas hacia la parada del 16. En el grupo alguien dijo que se podía ir en esa línea, que había que bajarse en la parada del aeropuerto viejo, y que la fiesta se vería desde la carretera. Dudaste si bajar o no del bus, pero al ver a un grupo de chicas salir y dirigirse hacia un edificio, del que salían luces de colores, sentiste una falsa sensación de seguridad que te ha llevado a andar por un camino de tierra rodeado de matorrales.</p>
<p><em>Llegaste al sitio demasiado temprano. Clic. Debiste ir primero a cenar a casa, o incluso no haber ido. Ahora lo sabes. Pero ya es tarde.</em></p>
<p>Pides una copa. Quizás sea demasiado temprano para beber pero, ¿qué más da? Es tu noche libre y mañana no tienes nada que hacer. Desde que te has negado a trabajar los domingos gratis te sientes mejor contigo mismo. Pides un whisky, sólo, con hielo. Clic. Te llaman la atención las paredes, <em>¿eso son frescos? ¿ese estucado es veneciano? ¿Esas esculturas serán de mármol o de cartón-piedra? </em>El lugar te recuerda mucho a La Paloma, una discoteca de Barcelona por la que solías salir con tus amigos antes de conocer a tu ex, quizás sea poco apropiado para esta ciudad, o al menos para el destartalado edificio en el que se encuentra. ¿Por qué es tan bello por dentro si por fuera parecía una casa en ruinas? Sobre el escenario se colocan los músicos, comienzan a hacer pruebas. Pinta bien. Una sonrisa se empieza a dibujar en tu cara. Te alegras de haber venido.</p>
<p>Clic. Miras el teléfono, <em>¿dónde estará esta gente?</em> El grupo de Telegram lleva horas en silencio. <em>¿Por qué nadie dice nada? Estarán cenando. Seguro que llegan en un rato.</em> Buscas al camarero ―¡Otra copa! ―Bebes. La sala comienza a llenarse. La gente parece más joven que tú pero eso te alegra, quizás conozcas carne fresca y al fin puedas echar un polvo. Los músicos tocan entusiasmados. Te sientes bien. Sueltas el vaso y sales a la puerta, te apetece echar un cigarro y en casa no puedes fumar; el rancio de tu compañero de piso no te lo permite porque le da asco el olor. Ojalá se oliese a sí mismo y se preocupase más por su higiene que por tus vicios. En la calle te encuentras con otros fumadores. Te piden fuego.  Hay una chica… Cruzas frases banales con algún desconocido. Hace frío. Bromeas. Terminas el cigarrillo y vuelves a entrar.</p>
<p>―¡Otra copa! ―Esta vez te cuesta más trabajo que te atiendan, la sala está llena de clientes, <em>¿dónde estará la gente con la que quedaste?</em> Consigues la copa y sigues disfrutando del concierto. Alguien posa su mano sobre tu espalda. Clic. El pelo de tu nuca se encrespa, <em>¿eso ha sido un escalofrío? </em>El frío de su piel atraviesa el tejido de tu camisa, y te llega el olor a tabaco. La reconoces, es de la chica que antes te pidió fuego. Sonríes. Parece que al final esta noche te acompañará alguien. Risas. Alcohol. Más risas. Acaricias su mano, su tacto te resulta suave, te recuerda al cristal, <em>¿o al mármol?</em>… <em>pero no, no es posible, habrás bebido demasiado</em>. Te besa. Te ruborizas. Te excita. Le cuentas lo del grupo de Telegram y tus dudas sobre si ir o no. Se ríe. Te desconcierta. Tus chistes malos parecen hacerle gracia, ¿o tal vez finja? Por un momento te preguntas si te pedirá dinero por aquello, pero antes de terminar de formularla en tu cabeza, te sientes culpable por hacerlo. Seguro que sólo le das pena. <em>¿Te besa de nuevo? </em>Sientes su lengua saboreando cada recoveco de tu boca, esperas que no encuentre ningún resto de la Margarita.… Juega con tu pelo, mordisquea tu cuello. ¿Cuánto llevas en la cartera? Mierda… <em>No, no, no, seguro que no lo hace por dinero, ¡un poco de amor propio, por dios!</em> Pero y si… Dudas. Dudas y ella lo nota, pero parece no importarle, es más, ante tu nerviosismo, agarra tu pantalón y tira de ti entre la multitud.</p>
<p>―No, espera, no está bien ―<em>¿Seguro? </em>Dudas. No deberías. ¿O tal vez sí? Tira de tu mano, te obliga a seguirla por un pasillo, <em>¿a dónde vais? ¿esto está bien? ¿qué pensarán de ti? Aunque si nadie se entera… </em>La poca luz del lugar no te deja ver bien dónde estáis. Subís unas escaleras. Parece que estáis detrás del escenario, ¿o es encima? ¿quizás sea al lado? Los destellos blancos entran por lo que parece una puerta, ¿será la salida al palco? La mano tira de ti a través del pasillo, entre las sombras. Te frena para besarte mientras aprieta tu cuerpo contra el suyo. <em>¿Está frío? Has bebido demasiado…</em> Risas. Caricias. Sientes ese frío adentrarse por tu pantalón –. ¡No, espera! –<em>¿Qué haces imbécil? Para una vez que una chica guapa se fija en ti no la cagues.</em> Callas. Te dejas llevar por el momento. Recuerdas que saliste  de la tienda con veinte pavos que cogiste de la caja… menos lo que te has gastado en copas… Tal vez te queden cinco o seis euros… Más te vale que la chica no te quiera cobrar después.</p>
<p>Llegáis a una sala mayor. <em>¿Qué es eso que cuelga del techo? Será una sombra. </em>Te has tomado un par de copas después de cenar poco, seguro que es una alucinación. <em>No… espera…</em> Las manos te agarran con fuerza mientras besa tus labios. Te empuja. <em>¿Te excita?</em> Te vuelve a agarrar con fuerza y te besa con más violencia. <em>Te excita.</em> Besa tu cuello, sientes su lengua, sus dientes<em>. ¿Sus dientes? </em>Un escalofrío recorre tu cuerpo. Tu piel se humedece, debe ser sudor, ¿verdad? Te tiemblan las piernas y eres incapaz de sostener tu propio cuerpo. Flaqueas. Las manos te guían a un punto de apoyo y se alejan. Cierras los ojos un instante. Te sientes un poco mareado. <em>¿Qué tendría la bebida?</em> Quizás te hayan drogado… Silencio.</p>
<p><em>No deberías haberla seguido. Ahora lo sabes. Pero ya es tarde para huir.</em></p>
<p>Abres los ojos pero a tu alrededor sólo hay oscuridad. <em>¿Sientes eso? Es miedo…</em> Tu voluntad no te pertenece. Te sientes títere de esas manos heladas que te parecieron de cristal. Sólo puedes sonreír. Sólo te permite sonreír. <em>¿Te lo ordena?</em> No, sus labios no emiten ningún sonido, <em>¿o sí? </em>Silencio. Clic. Un sonido metálico lo rompe. Un haz de luz te ciega. Clic. <em>¿Has oído un obturador? ¿Te fotografía?</em> No puedes verla. <em>¿Seguro que es ella? </em>Otro haz, esta vez te da tiempo a ver tus propias manos. <em>¿Cadenas?</em> No puedes moverte. <em>¿Por qué te hace esto? </em>Otro haz. <em>¿Sangre? ¿Es tuya? ¿Sangras?</em> Se acerca ―Eres un ser precioso ―dice. Su voz es hermosa, pausada… diabólica. Tiemblas. Otro haz. Ves tu reflejo en un espejo. Rojo. Todo es rojo. Esperas al siguiente, no entiendes lo que has visto. Luz de nuevo. <em>¿Dónde está tu piel?</em> No puedes gritar. Silencio. Clic.</p>
<p>–Ahora tu voluntad me pertenece –dice la hermosa mujer mirándote fijamente a los ojos. Sonríe dejándote ver sus afilados colmillos –. Deberías haberte ido a casa… Ahora te convertirás en una de mis obras de arte… Para siempre. Clic.</p>
<p>Has perdido la noción del tiempo. No sabes cuántos días llevarás ahí, expuesto en esa galería de carne y sangre. Sólo puedes mover los ojos y los seres que han ido a verte se ríen, conversan, juegan a fingir que se seducen. Helena te presenta, ha llegado la gran noche y tú eres su última gran obra de arte. Todos aplauden. La felicitan por su excelente manejo de la carne, ¿de la carne? ¿No ven que estás vivo? ¿Por qué nadie te ayuda? Ves desfilar ante ti copas de sangre. <em>¡Helena dice que es tuya!</em> ¿Pero cómo va a ser eso posible? Son tantas copas que deberías estar… Te concentras en sentir tus latidos. Silencio. <em>Mierda</em>…</p>
<p>Extracto de la saga «La Orden del Khaos». Fragmento de <strong><a href="https://rosanera.es/tag/proyectocaos/">#ProyectoCaos</a></strong>.</p>
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		<title>A través del espejo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 17 Oct 2019 21:36:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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		<category><![CDATA[Fantasía urbana]]></category>
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<p class="has-text-align-justify">Había comenzado a llover y mientras esperaba que el semáforo se pusiese en verde, se había quedado exhortada contemplando a través del espejo aquellos ojos color miel que le miraban fijamente, impacientes, preguntándose cómo podrían haber salido unos ojos tan claro de otros tan oscuros.</p>



<p>―¿Pero por qué? ―Volvió a preguntar la pequeña de seis años.</p>



<p>―¿Por qué qué, cariño? ―reaccionó desconcertada ante la mirada atónita de la niña.</p>



<p>―Que ¿por qué no me respondes? ―insistió mirando a su madre fijamente a través del retrovisor del coche. </p>



<p class="has-text-align-justify">―¿Qué me has preguntado? </p>



<p>―Que ¿a qué sabe la lluvia? ―La niña le miraba fijamente esperando una respuesta.</p>



<p class="has-text-align-justify">―¡Ah! Pues depende de dónde llueva… Si llueve en la playa, sabrá salada; si lo hace en el campo, sabrá a tierra mojada, y si lo hace en una gran ciudad, puede saber a cualquier cosa… ―Pues Marita dice que sabe a lágrimas de ángel… </p>



<p class="has-text-align-justify">―¿Y a qué saben las lágrimas de ángel, cielo? </p>



<p class="has-text-align-justify">―Pues a lluvia… ¿no? </p>



<p class="has-text-align-justify">―¿Y tú crees que saben a eso? </p>



<p class="has-text-align-justify">―No… ―respondió la niña dubitativa mientras miraba las nubes por la ventanilla ―Pero no creo que sepan a lágrimas de ángel… ¡yo creo que saben a lágrimas de unicornio! Porque cuando llueve hay arcoíris, que son las colas de los unicornios… </p>



<p class="has-text-align-justify">―¿Y por qué van a llorar los unicornios? </p>



<p class="has-text-align-justify">―Pues… porque están tristes… y cuando dejan de estarlo, se van volando… pero como vuelan muy rápido, pues sólo se ve su cola… A lo mejor están tristes porque se sienten solos… y cuando uno llora, otro le encuentra… Se van juntos volando… y así son felices… como cuando yo me pierdo… que lloro, y cuando tú me encuentras ya soy feliz y dejo de llorar… </p>



<p class="has-text-align-justify">―Claro… ―respondió conteniendo una carcajada. Siempre le había llamado mucho la atención la imaginación de la niña, y no podía evitar pensar en las cosas que le pasarían por la cabeza y que se guardaba para ella, aunque en más de una ocasión le había oído hablando sola en su cuarto, mientras jugaba con sus muñecos, inventando historias. Decía que de mayor quería ser cuentacuentos, como la madre de su amigo, un niño de su clase al que el resto de niños solían tener marginado, pero que a su niña le caía muy bien, y que en alguna ocasión había invitado a casa.</p>



<p class="has-text-align-justify">Susana volvió a mirar por la ventanilla, pero sus ojos ya no mostraban la ilusión de hacía unos minutos, sino pavor al ver acercase el todoterreno verde que estaba a punto de embestirles por el lateral del coche. El recuerdo del impacto obligó a Lola a salir del trance con la cara llena de lágrimas, esa fue la última imagen que vio de su niña antes del incidente.</p>



<p class="has-text-align-justify">Fragmento de <strong><a href="https://rosanera.es/tag/proyectocaos/">#ProyectoCaos</a></strong>.<br></p>
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		<title>Otra noche más</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 01 Apr 2016 10:16:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[#ProyectoCaos]]></category>
		<category><![CDATA[Fantasía urbana]]></category>
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<p>Otra noche más, lo único que se oía a través de las sucias paredes del piso eran los gritos de desesperación de aquella muchacha. A él no se le oía alzar la voz, pero se podía intuir lo que estaba ocurriendo. En más de una ocasión se había escuchado a la chica describir lo que él le hacía, pero por su lenguaje no parecía más que una pataleta adolescente, y esta vez parecía más de lo mismo, pero un nombre salió a la luz, ‘Carlos’, ¿quién sería Carlos?</p>



<p>Un golpe fuerte te hace dar un brinco en la cama y mirar a tu mesita de noche. Comienza a cansarte esa situación que se repite día tras día, haciéndote preguntar si lo que ocurría allí merecería tanto la pena. Muebles que se arrastran, como un barrido, mientras ella grita desesperada, patalea y llora. Otro golpe, algo ha chocado arrasando lo que había a su paso. Te levantas cogiendo lo que tan oculto tienes en el primer cajón, te vistes y sales al descansillo. </p>



<p>Llamas a la puerta. Silencio. Un hombre que debe rozar la cincuentena te abre la puerta, impasible. Te mira la mano pero no reacciona, y golpeas su cara. Sabes que tal vez te saque treinta kilos, pero no te importa. Vuelves a golpearle, y una vez en el suelo, te das cuenta de la sangre que mancha la pared mientras él solloza. La patada en la cara le deja sin sentido. Inmóvil. Entras en la habitación, y ahí está ella, en pijama, asustada y llorando contra la pared. Reconoces su cara enrojecida. No tendrá más de veinte años, y cuando te acercas se encoje. Te pones de cuclillas mientras la miras, sin decir nada. </p>



<p>Sabes que no puedes dejarla ahí y le tiendes la mano que no tienes ensangrentada. La otra te arde y sientes la adrenalina escapar por cada poro de tu piel. Se levanta y te abraza, casi te deja sin aire. Te separas, “coge tus cosas”. Sabes que has causado más miedo que incertidumbre, pero ella obedece. Coge una mochila, mete algunas cosas y te acompaña a la puerta. Mira el cuerpo ensangrentado mientras sale del piso. Regresa y coge las llaves del mueble de la entrada para después cerrar la puerta tras de sí.</p>



<p>Sabes a dónde llevarla, y camináis durante un largo rato hasta que abres la puerta de otra casa, en otro barrio. Le indicas dónde puede dormir y regresas al salón con una cerveza en la mano. Al poco ella aparece por la puerta, aún sigue en pijama, te pregunta si puede sentarse contigo, y termina hecha un ovillo en el sofá… Te preguntas qué pasará por su cabeza en ese momento, pero no habla, y sabes que se ha quedado dormida. No entiendes cómo puedes confiar en ti si no te conoce, pero sientes su tranquilidad al respirar.</p>



<p>Fragmento de <strong><a href="https://rosanera.es/tag/proyectocaos/">#ProyectoCaos</a></strong>.</p>
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		<title>Clavos a martillazos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martha R. Belmont]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 26 Feb 2016 09:09:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[#ProyectoCaos]]></category>
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<p>Ocultó el ruido que entraba por la ventanilla subiendo la música. Como acostumbraba a hacer, regresaba de la playa, de correr por la arena y nadar hasta quedar sin aliento. El cielo se veía ya iluminado por la contaminación de la ciudad, y el olor cambió, se volvió denso, húmedo y cálido. ¿Y si todo terminase ahora? Me ahorraría tanto que tal vez hasta mereciese la pena… Suspiró de nuevo.</p>



<p>Deja el coche lo suficientemente lejos como para que nadie lo descubra.&nbsp; Bajó y lo cerró. Glabro, Crinos, Hispo, Lupus. Corre. Las hojas húmedas mojan su pelaje negro. Corre. Llega. Cambia. Su ropa vuelve a estar en su sitio, nada ha cambiado, ¿o sí? Ahora lleva más cosas. Cosas que le hacen sentirse más… completa. De fondo se oyen las voces. Voces amigas. “un juego… el premio será una cerveza…” “toma, bebe”. “Bebe”. Todo da vueltas. Es todo tan agradable. Se aparta un instante del gentío, sus botas desaparecen, y comienza a girar sobre sus pies descalzos. Cae al suelo sobre la hierba. Frena su instinto. Se levanta. Regresa.</p>



<p>Negativas. Cerveza. ¿Miedo? ¿Cómo podía sentir miedo? Cerró los ojos. Negro. Quietud en los latidos. Silencio. Suspira. No podía creer que se hubiese cumplido aquello de lo que le avisaron. Rabia. Maldita rabia. Pero, ¿fue la rabia? ¿o fue ella? Ya nada era como antes y lo sabía. Hacía mucho que había tomado conciencia de ello, que ya nada volvería a ser como antes… Más negativas. Más cerveza. ¿Un beso? Tristeza. Odio. Rabia. Deja de escuchar su entorno. Ya nada importa. Locos que hablan. Locos que piden. Locos que ofrecen. A nadie parece importarle lo que realmente importa. Silencio. Paz. Hora de regresar a casa. ¿A casa? Se ríe. A casa…</p>



<p>Sonríe. Promete. Miente. Caos. Impulsos. Manos que aprietan con fuerza. Azul. Naranja. Rojo. Golpea la encimera. Se apoya contra la pared. Más fuerza. Llegan al suelo. Lo agarra y tira. Lo empuja contra la cama. Muerde. Araña. Vuelve a morder. Caos. Violeta. Negro. Cierra los ojos. Pero el clavo no saca al anterior. Él duerme. Ella se marcha. Ya mañana será otro día.</p>



<p>Fragmento de <strong><a href="https://rosanera.es/tag/proyectocaos/">#ProyectoCaos</a></strong>.</p>
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